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‘Si de verdad quieres …’, crítica: pequeña y agradable sorpresa

El cine y sobre todo Hollywood se ha inflado de películas románticas de chico conoce a chica.

Películas en las que dos perfectos extraños se conocen, se gustan y, finalmente, se declaran amor eterno. Antaño, prácticamente todas estas películas terminaban en boda, aunque hoy en día el asunto se maneja de forma más liberal.

En cualquier caso, nos hemos hartado de historias de amor para parar un tren, y las ha habido de todo tipo: bonitas, tristes, divertidas, melancólicas, alocadas, tiernas…

¿Pero qué ocurre con todas esas parejas con el paso del tiempo?, ¿mantienen la llama del amor encendida?, ¿vive la pasión como el primer día?. Puede que sí o puede que no…

Hope Springs (aka ‘Si de verdad quieres…’) nos acerca al matrimonio formado por Kay (Meryl Streep) y su marido Arnold (Tommy Lee Jones), quienes llevan más de treinta años de casados. Con el paso del tiempo, lo que había sido un matrimonio en armonía y perfecta estabilidad se ha convertido en monotonía y tedio para Kay, que echa en falta la chispa de la primera época, el deseo, la pasión, la lujuria…

Así que un buen día Kay decide apuntarse a una terapia impartida por un famoso sexólogo (Steve Carell) en una localidad llamada Hope Springs a adonde arrastrará Arnold con la sana intención de poner solución a su aburrido matrimonio.

Meryl Streep sigue combinando sus proyectos pro-Oscar (La dama de hierro) con otros trabajos más ligeros y menos existentes a nivel interpretativo. Producciones que, no obstante, no tienen por qué ser de menor calidad, e incluso en ocasiones pueden llegar a ofrecer mejores resultados que aquellas concebidas con mayores pretensiones.

Y es que ‘Si de verdad quieres…’ es una pequeña y agradable sorpresa dentro del género que maneja.

No es una gran película, y tampoco lo pretende, pero es capaz de lograr su meta sin muchos artificios, y procurando ser lo más natural posible dentro de unos comprensibles y a menudo poco adulterables márgenes cinematográficos.

Streep se reencuentra con el director David Frankel tras su fructífera colaboración en ‘El diablo viste de Prada’, una de los mayores éxitos comerciales en la carrera de la actriz. Esta vez encarna a Kay, una mujer cuyo matrimonio se ha estancado en la rutina y, lo que es peor, que ha perdido esa chispa especial que lo mantenía vivo. Obviamente, esto es un problema, pero parece que sólo ella lo ve así.

En busca de una solución, Kay recurre a un sexólogo experto en la materia que les ayude a recuperar de nuevo esa chispa. Para ello, deben desplazarse hasta Hope Springs, un lugar idílico al que Arnold no desea viajar.

Más que nada, porque la idea le parece absurda y descabellada. Él no ve ningún problema en su matrimonio. No obstante, acepta a regañadientes hacer el viaje, lo cual no significa que colabore obedientemente con la terapia que impartirá el Dr. Feld.

El problema, sin embargo, es real y no tardará en estallarle delante de las narices, desplegándose ante él todo aquello que permanecía oculto o dormido bajo el manto de la rutina matrimonial.

Kay y Arnold se quieren, pero no se lo demuestran. Después de tantos y tantos años de matrimonio han perdido la pasión, el deseo mutuo. Pero no sólo eso, también han perdido por el camino la comunicación, y no se puede recuperar lo primero si no se consigue arreglar lo segundo.

El amor es complicado, y el matrimonio no lo hace más fácil, pues implica una convivencia prolongada. El sexo, obviamente, no es la parte más importante de una relación, pero sí una de ellas, y la ausencia de una simple caricia, de un tierno beso, puede ser el indicio de que algo falla en la pareja, de que alguna cosa no está funcionando como debiera.

Pero Kay y Arnold no hablan, o al menos no de lo que realmente importa. Y eso es un obstáculo a salvar.

El Dr. Feld no es ningún curandero ni tiene una varita mágica con la que reparar matrimonios rotos, pero es la persona indicada para activar el botón de la puesta en marcha, el empujoncito que necesita la pareja para abrir su corazón, para sincerarse el uno al otro y decirse aquellas cosas que el miedo o el pudor les impide confesar.

Aquellas cosas que, por pequeñas que sean, han acabado haciendo piña y convirtiéndose en una piedra en el camino hacia su felicidad.

Y no es fácil para ninguno de los dos dar ese paso. Menos aún para Arnold, más conformista con la situación, menos receptivo con la terapia y, sobre todo, menos consciente de la infelicidad de su esposa.

Pero ¿qué puede ocurrir si no se esfuerza?. Las cosas no se solucionan por sí solas, y si ambos no lo dan todo para arreglar su matrimonio es muy probable que éste se vaya a pique (aunque Arnold no termine de entender muy bien el por qué).

Y no es cuestión de buscar un culpable, pues ambos cargan con su 50% de responsabilidad en este ‘contrato’ que es el matrimonio. Es cuestión de conocer el problema de raíz (el por qué del distanciamiento, de la falta de entendimiento…) y, una vez hallado, hacer todo lo posible para intentar solventarlo.

La pareja protagonista pasa por momentos embarazosos y dolorosos. Pero también recuperan la capacidad de reírse y divertirse juntos, viviendo momentos de fugaz alegría. Recuperan recuerdos del pasado, admiten abiertamente sus fantasías y sus deseos más ocultos… Todo con el fin de recuperar la magia del primer día.

El guión de Vanessa Taylor procura ser lo menos artificial posible.

No escapa a los tópicos del género romántico (final incluido), pero sabe solventarlos con bastante soltura y sensatez, combinando con acierto los dos frentes, drama y comedia, en los que se inscribe su propuesta.

Evita también caer en la mojigatería hablando de un tema a veces tan tabú como es el sexo, así como huye también del extremo más grosero en el que caen otras películas.

Los momentos más subiditos de tono son graciosos y los momentos más dramáticos consiguen emocionarnos lo justo. En ambos casos, gran parte de la efectividad recae en unos personajes bien construidos y en su magnífica pareja protagonista.

Nos creemos su matrimonio, nos creemos sus malos momentos  (esas miradas, esas lágrimas en los ojos…) y logran sacarnos una sonrisa de aprobación en los momentos divertidos. La película funciona en buena medida gracias a ellos dos y también a un Steve Carrell comedido y acorde con su papel.

Conviene advertir de la equilibrada mezcla de comedia y drama sin esperarse de ella grandes carcajadas ni tampoco llantos a moco tendido.

Eso sí, esta vez el director es más honesto y no nos cuela un dramón del quince a mitad de trayecto como ocurrió con “Una pareja de tres” (sí, la de Jennifer Aniston, Owen Wilson y el perrito), que se supone que iba a ser una comedia y luego no.

Aunque de buenas a primeras se advierta que el tono cómico va a ser ligerito y relajado, no hay engaño. El drama surge de pronto, pero con pasmosa naturalidad, y a partir de ahí se distribuye inteligentemente a lo largo del metraje.

Está claro que la historia que nos cuenta “Si de verdad quieres…” no se resuelve en cuestión de días, pero esto es cine, y hay que aceptar sus aceleradas resoluciones y, por supuesto, SPOILER– sus deliciosos -cuando no pastelosos- “happy ends”. Esos “finales de película” que si están, los criticamos por tópicos y poco creíbles, pero que si no están, los echamos en falta. Y es que a veces necesitamos soñar y creer con esos finales que la vida real no siempre nos ofrece. El cine es nuestra vía de escape a la realidad. – FIN SPOILER

De todos modos, indistintamente del desenlace y dejando a un lado sus atributos meramente cinematográficos,  se puede ver en ella un fin más o menos terapéutico para aquellas parejas que atraviesan una mala racha en su relación.

No necesariamente deben encontrarse en la misma situación que los protagonistas, pero sí puede serles útil a modo de catalizador.

Algunos podrán verse reflejados en Kay y Arnold sin necesidad de acudir a ningún Dr. Feld.

  • Vía póster | LaButaca.net

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Laura
Laura
Entusiasta del mundo online. Humilde escritora, que sueña con poder publicar algún día sus libros. Apasionada de la vida. Me caracterizo por saber disfrutar de los pequeños detalles. Me gusta aprovechar cada segundo que la vida me regala.

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